Para todo Venezolano
Colombia tiene muchos significados, para mí “la hermana República”, como solíamos
llamarle nunca estuvo tan cerca como ahora, cuando paradójicamente estoy
tan lejos.
Colombia y los colombianos nunca me fueron extraños. El acento siempre me
fue fácil de reconocer. Conocí las sazones propias en un par de viajes, cuando
fui a Bogotá no salía del asombro, la ciudad me pareció preciosa, recordaba
aquello de la diferencia de un Virreinato con una pequeña Capitanía General.
Los edificios del centro son imponentes y hermosos, la comida increíble y en esa
época pensaba que 10 grados era morir de frio.
Ahora, cuando 10 grados es "está fresco, no hace falta chaqueta",
es cuando esa hermandad se me hecho realmente presente. Los colombianos son
unos migrantes expertos, solidarios con el que llega, amorosos, cálidos y
serviciales en todo momento. No puedo des-decir de mi comunidad Venezolana
porque cuento con coterráneos maravillosos que son familia aquí, pero también
reconozco que lamentablemente nos falta mucho que aprender de aquello de ayudar
y recibir al que llega. Muchas veces he escuchado aquello de "no me junto
con Venezolanos" o "Venezolano, no me los presentes",
lamentablemente también fui víctima del "que se joda, no le voy a dar mis
secretos a un recién llegado". Para mi es cuestión de inmadurez migratoria,
es algo nuevo para nosotros y aprenderemos.
Pero yo he aprendido que Colombia se escribe con la C de Corazón. Mis
grandes afectos son hermanos, son gente querida y sentida. Ahora me siento
cansona, una berraca ante los retos, me da mamera, sin embargo cuando me
arrecho es a la venezolana, pero hago la salvedad (porque para los Colombianos
tiene una connotación sexual). Sin embargo no me gusta la Cumbia y la arepa me la sigo
comiendo rellena :)
He aprendido a usar los nombres en chiquito, a ser Alejita cuando hablo con
Martica, Shirlita y Juan Carlitos, y claro con mi Alejita querida, porque además
esta ese sentido de pertenencia tan sabroso y necesario cuando se han perdido
los afectos de la infancia. He aprendido las diferencias entre los caleños, los
bogotanos y los santanderianos, los de la costa, las riquezas de San Andrés,
las inseguridades, la guerrilla, el deseo de la Paz. He aprendido que la arepa puede
ser contorno, y he dejado de defenderla como icono de mi país, para entender
que es algo que nos une y nos hermana.
Cuando deje mi Ávila, pensé que nunca más tendría amigos con los que me sentiría
bien en casa, disfrutaba tanto hacer fiestas y reuniones, recibir a mis afectos
en la casa. Ahora estamos todos regados por el mundo en esta diáspora obligada
para muchos y necesaria para otros, tan deseada como costosa. Hoy una fiesta
con todos juntos solo es posible con Skype, tras largas horas de coordinar
horarios hemos logrado coincidir en una pantallita gente que está en cama
amaneciendo y mientras otros se están acostando.
Pero en mi nuevo
hogar, este cálido congelador, los amigos colombianos han llenado de alegría nuestra
casa, haciendo fiesta de cualquier evento cotidiano, dispuestos a escuchar
cuando hace falta, a callar cuando es necesario el silencio, desde la compañía solemne,
al trabajo duro en una mudanza, una nueva familia, gente honesta con la que
estar sin pose sin pretensiones, gente bella y sincera, trabajadora, agradecida
y humilde, una absoluta hermandad ha sido un invaluable regalo.
Suelo decir que
durante estos años de lo que más he aprendido es de geografía, he conocido
personas de casi todos los países del mundo, muchos de los cuales tuve que
comenzar por saber cómo se escribían y donde quedaban, pero sin lugar a dudas
descubrirme parte de la Gran Colombia ha sido bien “Berraco”.
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